Nuevos autores y nuevos títulos engalanan el escenario de la LIJ. Se escuchó decir en algún pasillo o galería de la reciente 38º Feria del libro que había una especie de sobreabundancia de libros para niños, pero creo que el eco de las carcajadas aún resuenan.
Estúpida reflexión, cuando por un lado tantas voces han estado maniatadas y amordazas durante la dictadura, pero por el otro, qué mejor noticia que miles y millones de libros dancen y circulen y naveguen para acercarse (o no) a feliz puerto! Bienvenidos sean todos, porque alguno llegará de la mano de un adulto para acompañar a un niño, o al mismísimo receptor para ser leído o mirado y luego procesado, bueno o malo, ya luego tendrá tiempo de hacer los procesos de interpretación correspondientes.
Hoy recordaremos aunque brevemente a ROALD DAHL (Llandaff, Gales 13 de septiembre de 1916 – 23 de noviembre de 1990) novelista y autor de cuentos británico de ascendencia noruega[. Entre sus libros más populares están Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, Matilda, Las brujas y Relatos de lo inesperado, Los gremlins, El dedo mágico, El Superzorro, Los cretinos, El vicario que hablaba al revés, entre otros (aunque tiene una frondosa producción de relatos interesantes que por su complejidad son aconsejables para los adultos) .
Decía Dahl: “Considero que los niños son seres semi-civilizados. Al nacer se están por civilizar, cuando llegan a los 12 o 15 años ya se les han enseñado modales: a no comer con los dedos, a ser limpios, a vestirse adecuadamente. Un montón de cosas que en realidad no quieren hacer, que no les gustan. Subconscientemente, los niños odian ser civilizados. Y la gente que les obliga a hacer esas cosas que no les gustan son los padres. Sobre todo la madre. Más adelante son los padres y los maestros. A los niños no les gustan estos adultos y yo uso esto en muchos de mis libros. Se trata de dejar en ridículo a los adultos ¿sabe usted? Es algo inofensivo pero a los niños les encanta." #
Se educó en un sistema educativo muy rígido (que luego reflejaría luego en algunos de sus libros; fue internado en colegio inglés St. Peter's "Aquellos fueron días de horror, de disciplina feroz, de no hablar en los dormitorios, de no correr por los pasillos, de ninguna clase de dejadez, de nada de esto ni de nada de lo otro, sólo reglas y más reglas que había que obedecer. Y el temor a la palmeta se cernía constantemente sobre nosotros, como el miedo a la muerte. (...) Nos pegaban por hablar en el dormitorio después de apagarse las luces, por hablar en clase, por no hacer bien los trabajos, por grabar nuestras iniciales en el pupitre, por saltar muros, por ir desaliñados, por tirar clips, por olvidarnos de cambiarnos los zapatos por la noche, por no colgar las prendas que nos poníamos para hacer deporte y, sobre todo, por causar la menor ofensa a cualquier maestro. Dicho de otro modo, nos pegaban por hacer todo lo que era natural que hicieran unos niños como nosotros."
Y estas experiencias se observan en muchas anécdotas que se deslizan explícita o implícitamente en sus historias.#
Tenía 23 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial (1939) se enroló como piloto de aviación de la "Royal Air Force" (RAF) en Nairobi y sufrió graves lesiones como consecuencia de un aterrizaje forzoso en el desierto de Libia; pasó seis meses hospitalizado en Alejandría con fractura de cráneo.
Su primer relato: "Pan comido" describe cómo Dahl, atrapado en la cabina de su avión "Gladiator" en llamas, logró salvar milagrosamente su vida: "Desabroché la hebilla, solté el arnés del paracaídas y con cierto esfuerzo me levanté y salté por un costado de la cabina. Algo parecía estar ardiendo, de modo que me revolqué sobre la arena, luego me alejé a gatas del fuego y me eché cuan largo era. Oí que parte de las municiones de mi ametralladora estallaba entre las llamas y que algunas balas se enterraban en la arena cerca de mí. No me preocuparon; solamente las oí. Las cosas empezaban a doler. La cara era lo que más me dolía. Algo no andaba bien en mi cara. Algo le había pasado. Lentamente levanté una mano para palpármela. Estaba pegajosa. Mi nariz no parecía estar allí. Intenté tocarme los dientes, pero no recuerdo si llegué a alguna conclusión sobre ellos. Creo que me quedé dormido."
Luego de su recuperación, Dahl volvió a volar uniéndose a la 80ª escuadrilla en Grecia, donde ésta combatía contra los italianos y posteriormente también intentaría obstaculizar la invasión alemana a aquel país. La situación en Grecia no era nada sencilla para los británicos que contaban con unos quince aviones para combatir contra cientos de cazas alemanes. Tampoco era fácil para el propio Roald, quien apenas sabía tripular el avión que le habían destinado, y no tenía aún ninguna experiencia en combate. En mayo de 1941 los alemanes finalmente se apoderaron de Grecia, y el pequeño grupo de pilotos sobrevivientes de la RAF fue enviado a Haifa, norte de Palestina.
Debido a las graves heridas recibidas cuando se estrelló con su avión en el desierto, Dahl comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza mientras volaba. Fue examinado y finalmente enviado de regreso a Inglaterra.
"Vi a mi madre cuando el autobús se encontraba aún a un centenar de metros. Estaba esperando pacientemente fuera de la puerta de la casa, esperando que llegara el autobús y, por lo que supe luego, aguardaba allí desde que llegó el autobús anterior, una o dos horas antes. Pero ¿qué es una hora, o incluso tres, cuando se llevan esperando tres años?"
Publicó su 1º libro infantil Los gremlims (1943), cuyos derechos para el cine fueron comprados por Walt Disney, pero la película no se hizo. Durante los primeros quince años se dedicó a publicar libros para adultos. Su interés por la literatura para niños comenzó con los cuentos que narraba a sus hijos antes de ir a dormir. Así nació James y el melocotón gigante (James and the Giant Peach), publicado en Estados Unidos en 1961 y en Gran Bretaña en 1967. Su segunda novela para niños, Charlie y la fábrica de chocolate, publicada en 1964, fue un best-seller mundial. Su obra ha sido traducida a 17 idiomas. A partir de 1978 Quentin Blake, elegido personalmente por Dahl, ilustró sus libros.
Dahl sintió el peso de las instituciones públicas como sustitutivas de la educación en el hogar, por eso su obra es tan irónica, crítica y descaradas hacia el mundo de los adultos.
Toma de la tradición mucha materia para sus historias, pero es deudor de la fantasía típica anglosajona y también de su fina ironía y de la manera de cuestionar con humor, el mundo de los adultos, olvida las moralejas y otorga cualidades mágicas a sus protagonistas que utilizan sin pudor para conseguir salir airosos de las trampas de la educación y de las contradicciones de los adultos. Dahl, en las escasas entrevistas en las que habla de su producción infantil parece haber reflexionado mucho sobre la infancia, sobre los libros para niños y el éxito que tienen los suyos en concreto. Dahl asegura que siempre está a favor de los niños y, añade con cierta ironía, “contra los mayores. Este es el secreto.”
Pero esto no basta, Dahl tiene una pluma afilada, conoce los resortes de la narrativa y atrapa desde la primera página. “A un niño -explica- se le ha de coger por el cuello cuando le cuentas una historia. Eso se logra solamente estando de su lado, amándolos. Yo amo a los niños.” Sus frases breves, mínimas descripciones, acción desde los primeros párrafos y una tensión que aumenta en cada página y que no afloja hasta el final, son recursos difíciles de manejar en los libros para los más pequeños y él los trabaja como un artesano de la palabra.
Leyendo sus libros observamos como la técnica se va depurando y perfeccionando poco a poco: desde el controvertido Charlie y la fábrica de chocolate hasta su última obra, Matilda, los niños protagonistas ganan en ingenio y soltura ante los problemas y tienen, cada vez más a su lado, a este gigantón que les incita a alejarse de un mundo poblado de adultos mediocres para encontrar en su propia personalidad las claves de su crecimiento.
Su hija Tessa Dahl resume, no sólo el carácter de su padre, sino también su concepción al escribir para niños: “Mi padre creía que todos los niños poseen una brasa. Pero alguien debe encender el fuego. Y una vez encendido tiene que atizarse con frecuencia, y es de importancia vital que se mantenga vivo y no se apague nunca. Todos los libros para niños de mi padre llevan un volcán rugiendo en sus entrañas. Arrojan cientos de ideas provocativas y excitantes fogonazos. Están llenos de ternura. Muestran el amor con que no se atrevía a tocarnos.”
María Luisa Miretti
Imaginaria (Marcela Carranza)
Babar (Ana Garralón)